El cuento de la lechera

Érase una vez en un pequeño pueblo entre las montañas, una niña soñadora. Todas las mañanas ayudaba a su padre con sus tareas, hacía las camas, recogía los platos del desayuno; y también ayudaba a su madre recogiendo los huevos, arrancando las malas hierbas, dando de comer al ganado o ayudando a ordeñar a Lulú, una de sus bonitas vacas.

Consejo: Escuchar la música a la vez que se lee.

Pero una que otra vez al año las tareas de Ela, pues así se llamaba la niña, se reducían a ir al pueblo a vender algunos huevos o algo de leche para poder comprar otros menesteres para el hogar. Aquel era uno de esos días y además no un día cualquiera. Era el día de su cumpleaños. Al levantarse su padre le había preparado su desayuno favorito: pan con queso y mermelada de frambuesas. Cuando terminó el desayuno su madre la acompañó a hacer una visita a Lulú y le dijo que la ordeñase y fuese al pueblo a vender la leche. Pero cual fue la sorpresa de Ela cuando su madre le dijo que el dinero que obtuviese de la leche de Lulú sería para ella. La chiquilla no podría creerlo, ¿qué haría ella con el dinero?

Entonces Ela cogió su cántaro de leche en dirección al pueblo y empezó a soñar despierta qué haría con el dinero de la leche.

“Umm venderé la leche y me darán una moneda de plata con la que compraré unos huevos. De esos huevos ¡saldrán pollitos que después pondrán más huevos! Entonces podré vender más huevos y tener más dinero. ¡Cuando tenga suficiente dinero compraré un ternero! -Ela dió un saltito de la emoción derramando un poquito de leche- El ternero se convertirá en una vaca grande y hermosa que dará mucha leche, entonces tendré más dinero y podré comprar más animales y… -estaba tan emocionada que apenas miraba el camino, por lo que tropezó con una piedra y cayó al suelo.

La niña empezó a llorar porque se había hecho daño, pero cual fue su sorpresa al ver que el cántaro con su preciada leche se había roto. Ela no podía parar de patalear, ¿por qué le había pasado eso a ella?. Al cabo de un rato, cuando dejó de sollozar volvió a casa. Su madre trató de consolarla con unos mimos y la animó a ir con más cuidado la próxima vez que fuera al pueblo.

¡Y colorín colorado este cuento se ha terminado!

 

Bueno, no se ha terminado, falta la moraleja de este cuento, que estará próximamente.

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